TRES PAREJAS DESPAREJAS

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Maruja y Silvio fueron los primeros en habitar aquella línea de cinco chalecitos, todos iguales, únicas construcciones en toda la manzana del viejo Lugano. Tras dos meses de soledad, llegaron Nélida y Agustín, vecinos de su izquierda, y pocos días después aparecieron Elisa y Seve para habitar a la derecha. Cada matrimonio tenía una niña pequeña lo que hizo que la amistad surgiera con naturalidad, en una época en que todo era muy formal.

Las mujeres simpatizaron de inmediato, compartiendo recetas de cocina, confidencias y proyectos para un futuro que se presentaba plácido, pero igualmente era una relación que vista ahora, a la distancia, era diametralmente opuesta a lo que son hoy las amistades femeninas. Por ejemplo: En treinta años que compartieron la vecindad, jamás se sentaron a tomar mate en alguna de las casas, y por supuesto, nunca se tutearon.

Para las niñas, las mujeres eran, respectivamente, la señora Elisa, o la señora Nélida y siempre con un respetuoso “usted” de por medio. Ni siquiera las chiquitas compartían la merienda; Nélida siempre decía: “Taza, taza, cada una a su casa” y todas corrían a su cocina a enfrentar el tazón de café con leche y las rebanadas de pan francés con manteca y azúcar.

Ni que hablar de los hombres. Seve era oficial de la Policía Federal, Agustín trabajaba como capataz en una fábrica textil de la zona y Silvio dividía su tiempo entre sus tareas en Noticias Gráficas y un cargo en la Federación Argentina de Billar. Él y Seve tenían horarios rotativos, sin domingos, lo que dejaba a Agustín un poco al margen en aquél trío, casi única presencia masculina constante.

Tampoco ellos se tuteaban y pocas veces se veían o charlaban. Eran tiempos de trabajo y pocas salidas, todos procurando armar un buen futuro para los hijos, ya que pronto Elisa y Nélida tuvieron dos varones cada una, dejando a Silvita como hija única, o sea, a mí. Por supuesto que hay cientos de anécdotas en las que aparecemos todos los vecinos con lágrimas o sonrisas: Por ejemplo: una de las pocas veces que se reunieron los tres hombres toda una tarde, fue cuando acudieron a casa de Silvio para ayudarlo a reparar un lavarropas. Lo desarmaron entre todos, trabajaron como burros y jamás pudieron volver a armarlo. O cuando una calurosa y desierta tarde de verano, dos de los chicos llegaron corriendo para contar que en uno de los chalecitos de enfrente había un hombre que los llamaba para darles caramelos. Los tres, con Seve a la cabeza, salieron corriendo, agarraron al vago y le dieron una paliza aleccionadora, antes de que Seve se lo llevara a la comisaría.

Pasaron los años, los hijos se fueron casando y partieron y la muerte se llevó a casi todos, quedando Nélida como única habitante de las tres casas. Pero hoy me enteré de que también ella se fue para siempre, dejando un gran hueco en mis recuerdos infantiles.